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Febrero, barro y ganas de empezar algo nuevo


Febrero es un mes curioso. Todavía es invierno, pero ya se nota que algo empieza a moverse. Los días se alargan un poco, la luz cambia y, casi sin darnos cuenta, aparecen ganas de hacer cosas nuevas. No grandes planes ni revoluciones: más bien pequeños gestos que nos saquen de la rutina.

En el taller de cerámica Santa Laura Clay Studio, este cambio de energía se nota especialmente. Personas que llegan diciendo que solo quieren “probar”, que hace tiempo que les ronda la idea de aprender cerámica, pero que nunca encuentran el momento adecuado. Febrero suele ser ese punto intermedio perfecto: no es el inicio oficial de nada, pero sí un buen comienzo.

La cerámica tiene algo muy alineado con esta época del año. No pide resultados inmediatos ni expectativas altas. Empieza despacio, con barro blando entre las manos, con formas sencillas que poco a poco van encontrando su equilibrio. Ya sea a través de la cerámica manual o del torno alfarero, el proceso invita a bajar el ritmo y a concentrarse en el gesto.

Muchas primeras piezas nacen así: sin un objetivo claro, sin saber muy bien qué va a salir. Un cuenco que se inclina un poco, un borde irregular, una superficie que guarda las huellas de los dedos. En el torno ocurre algo parecido: la forma aparece mientras el barro gira, y es la atención —más que la fuerza— la que guía el resultado. En ambos casos, la experiencia es más importante que la perfección.

En el estudio conviven momentos tranquilos con otros más ligeros y divertidos. Hay silencios concentrados, pero también risas cuando una pieza decide tomar un rumbo inesperado. El torno y el trabajo manual comparten ese mismo equilibrio entre control y sorpresa.

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